Sábado, 7 de noviembre de 2009
En Burgos
Tengo la adrenalina por las nubes. Me encierro en el baño y me saco del bolsillo la dosis de atenolol que ayudará a bajarla. He podido cogerla de la ambulancia al llegar al hospital. Este mediodía, de repente, todo se ha acelerado. Más de lo que me gustaría. Papá no despertaba; tenía pulso y respiraba, pero no reaccionaba. Hemos tenido que llamar a urgencias y han decidido trasladarlo al hospital. Ha sido extraño. Antes yo siempre iba en la parte delantera, llevando las riendas. Sin embargo, esta vez estaba en manos del equipo del SAMUR y no podía hacer nada. Mi madre iba en la ambulancia, mientras yo les seguía en el todoterreno. Quería ir más rápido, quería hacer sonar esa sirena más fuerte, pero sólo podía permanecer detrás cerrando la comitiva. El efecto del atenolol ya es patente y siento cómo mi corazón se ha calmado, ya no noto los latidos saliéndoseme del pecho. Me refresco la cara y vuelvo con mi madre, que espera echa un manojo de nervios.
- Tranquila, está con los médicos y está atendido.
- Que se nos va…
- ¿Familia de Vicente Suárez? – un médico joven pregunta saliendo de la puerta de urgencias.
- Sí, somos nosotros.
- ¿Cómo está mi marido?
- Lo vamos a pasar a la UCI. Ahora mismo está estable.
- ¿Qué le pasa? ¿Se está muriendo? – mi madre se adelanta con sus preguntas a las respuestas del doctor.
- Ha entrado en coma.
- Es… ¿reversible? – soy yo quien pregunta esta vez, ante el silencio de mi madre por la noticia.
- No. No lo es. Pueden verlo, si lo desean.
- ¿Por dónde se va?
- Síganme, les acompañaré.
En mi trabajo en el hospital aprendí que contra peores son las noticias, más escuetos son los mensajes. Mi padre está en coma, ingresado en la unidad de cuidados intensivos. No se necesita mucha más información. Pero, ¿y él? ¿Percibirá en su estado lo que pasa? ¿Tendrá dolores? ¿Podré llevarlo de nuevo a casa para poder cumplir su voluntad?